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Politica

Lo viejo funciona: la paradoja libertaria

La liturgia del liderazgo carismático reemplaza el debate, la planificación y la política con contenido. La promesa de ruptura cede ante una práctica centrada en la imagen, la fe y la provocación.

Redacción Up San Francisco · 3 min de lectura
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Lo viejo funciona: la paradoja libertaria
Imagen ilustrativa de IA.
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Por Matías Declemente, Lic. en comunicación social

Por estos días, el presidente Javier Milei participó del cierre de un congreso evangélico en la provincia del Chaco. Más allá del contenido ideológico de su intervención —que incluyó, una vez más, la calificación de la justicia social como un pecado—, lo que merece atención es la forma. El acto contó con una escenografía propia de los eventos políticos tradicionales: escenario, despliegue de seguridad, coreografía simbólica, discursos encendidos y una liturgia construida en torno al líder. Una postal clásica de aquello que el propio oficialismo dice venir a erradicar.

El fenómeno libertario irrumpió en la escena pública como una reacción radical contra la política tradicional. Sus principales referentes construyeron identidad en oposición al denominado “folclore militante”: los actos, las pecheras, los cánticos, la mística. Según esa lógica, todos esos elementos representaban una política vacía de contenido, sostenida en el espectáculo, el gasto y el clientelismo. Sin embargo, lo que hoy se observa es la reproducción casi literal de esas mismas prácticas, pero desplazadas hacia un nuevo relato de pureza política y moral.

La contradicción no es solo estética: es profundamente política. Porque mientras se insiste en denunciar los vicios de la “casta”, se consolidan formas de acumulación de poder que remiten directamente a la vieja lógica del personalismo, el verticalismo y la política como espectáculo. El problema no radica en que existan actos, símbolos o movilización. El problema es que el espacio que hizo de la crítica a esas formas su principal bandera, las adopta hoy como parte constitutiva de su propio dispositivo de poder.

Lo que está en juego no es solo una discusión moral sobre la coherencia, sino una cuestión estructural: el discurso libertario carece de un proyecto transformador. Lo que presenta como novedad es, en muchos casos, una versión invertida de lo que criticaba. Allí donde antes se prometía ruptura, se consolida continuidad. Donde se denunciaba adoctrinamiento, se instalan dogmas. Donde se exigía transparencia, se despliega opacidad. La figura del líder carismático reemplaza cualquier instancia de deliberación o planificación a largo plazo. La ideología se reduce a consignas. La gestión, al relato.

La escena chaqueña no fue un hecho aislado: forma parte de una estrategia política que pone el eje en la construcción simbólica del poder antes que en su ejercicio. Se gobierna desde las redes sociales, se interpelan enemigos genéricos, se elude el debate institucional. Mientras tanto, las variables económicas se deterioran, los indicadores sociales empeoran y el Estado se retira progresivamente de sus funciones básicas.

Desde una perspectiva comprometida con la política como herramienta de transformación, lo preocupante no es solo la puesta en escena, sino su trasfondo. Porque el vaciamiento del contenido político, disfrazado de novedad disruptiva, no abre un camino de cambio sino de regresión. No hay construcción de ciudadanía sin política, ni federalismo posible sin planificación. La democracia no puede reducirse al marketing, ni la gestión a la provocación.

La verdadera superación de las prácticas clientelares o espectaculares no se logra negándolas en el discurso mientras se las replica en los hechos. Se logra diseñando políticas públicas consistentes, con objetivos claros, participación, transparencia y una mirada integral del desarrollo nacional.

Mientras el oficialismo continúa montando escenografías para sostener un liderazgo apoyado más en la fe que en los resultados, la pregunta que persiste es si habrá lugar —en medio del ruido— para volver a discutir un proyecto de país que supere los eslóganes y se haga cargo, de una vez, de la complejidad del presente.

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