Marcelo
Suppo lleva gran parte de su vida poniendo el cuerpo
en La Virgencita, una institución
que sin miramientos les da una mano en varios aspectos a mucha gente que la
pasa mal. Tras un retiro espiritual junto a otros jóvenes en 1992 cranearon un
comedor solidario al cual llamaron de esa forma y desde ese día no pararon más.
Con el tiempo, el “Chelo”, como lo conocen en
todos lados, se sumó a la tarea de Cáritas, “siempre tratando de ayudar en lo
que se puede y en lo que la capacidad humana y de conocimiento nos permite”,
sostiene.
Suppo pasó por Déficit Cero (Up + 3564 TV Stream) y contó cómo la droga hace
estragos en muchas familias y lo difícil que es la tarea de que salgan de ese
infierno quienes consumen.
-
¿Se ve más pobreza en los barrios?
- En los barrios hay muchas necesidades, pero la
mayor de las pobrezas hoy son las adicciones. Claro que se empiezan a ver
situaciones de necesidad grande, eso es cierto. Pero estas cuestiones de
hambre, si te digo consigamos 10 o 20 kilos de arroz para poder paliarlo, lo
podemos hacer. Ahora, si me preguntan cómo sacamos a un chico de la droga no lo
sé. Nuestro lema es recibir la vida como viene. Lo recibimos, le preguntamos el
nombre y le damos un abrazo.
-
¿Hay voluntad en salir de una situación así o directamente es tan grave todo
que se hace imposible?
- Lo primero que ellos tienen es quebrado la
voluntad, es lo primero que te quiebra la droga. El Papa Francisco decía que
son los nuevos escenarios de esclavitud. Es así, el que cae es esclavo y es muy
duro salir. Uno lo ve desde todos los lugares. Se está jugando el Mundial de
Fútbol y las casas de apuestas te tapan de publicidad. El adicto tiene todo en
su celular, ni siquiera debe irse a un casino, por ejemplo.
- El
escenario empeoró, sin dudas.
Totalmente. Las adicciones en los últimos diez
años crecieron de forma exponencial. La semana pasada fuimos a un congreso
arquidiocesano en Córdoba, no es algo nuestro, sino de todo el país. En los
barrios periféricos donde más necesidades hay es muy difícil la situación.
Siempre hablamos de que hay tres C posibles que ojalá no la tengamos que vivir
nunca: calle, porque los que están en esa situación son muchos; cárcel o
cementerio. Y las únicas tres formas que tenemos de afrontarlas son colegio,
club o capilla, en mi caso capilla porque profeso la cuestión católica pero hay
muchas iglesias evangélicas que contienen a los jóvenes y sus familias. No hay
muchas formas de hacer prevención sobre esto. Sí es importante lo que se pueda
hacer en el colegio y en los clubes ni hablar, ya que contienen como nadie. Un
chico dentro de un club es difícil que caiga en el consumo.
- ¿Te
llevás ese arrastre a casa o las historias que te tocan atravesar te siguen a
dónde vas?
- Claro. El otro pasa a ser familia tuya,
volvés a tu casa y pensás en ellos. Más de los que somos creyentes que creemos
que somos todos hijos de Dios y somos hermanos, pero volvés y pensar en
conseguir lo que le falta a tal persona, qué se prepara mañana para comer. No
parás nunca en esto. Se trata de compartir la vida con el otro. La droga se
lleva puesto a la familia, a los amigos y se generan muchas cosas en alguien
que tiene un consumo problemático.
- ¿Creés
que bajó la pobreza como dicen las estadísticas?
- Los números hablan, pero tenemos como
consigna que las personas no son números. Sabemos quiénes son, si está en
situación de calle, si tienen laburo, si pueden comprarse remedios. El que
entra por nuestra puerta es una persona. Si hoy tenés 40 a comer le tenés que
dar a todos. Uno escucha que los números bajan… Pero el primer problema es la
falta de trabajo, los demás tienen que ver con salud mental y adicciones y
sobre eso tratamos de hacer lo que podemos.
-
¿Cómo puede ayudar la comunidad?
- Podemos ayudar con lo más difícil que es dar
tiempo. Ayudar a los chicos con la escuela, para que puedan afrontarla. Son cosas
transforman realidades. Es un gran trabajo maravilloso. Sabiendo leer y
escribir alcanza para dar una mano.