Por Matías Declemente, Lic. en comunicación social
El caso cordobés es ilustrativo. Desde la
gestión de José Manuel de la Sota, pasando por Juan Schiaretti y con la conducción
de Martín Llaryora en el presente, Córdoba consolidó un modelo de producción y
exportación que no se quedó en la retórica, sino que se plasmó en políticas
públicas concretas. Allí no se discuten dogmas en abstracto: se construye infraestructura,
se cuidan los equilibrios fiscales sin abandonar a la gente y se apuesta al agregado
de valor para competir en el mundo. Ese modelo, sostenido y actualizado, es el que
hoy ofrece una brújula de sensatez frente a las falsas antinomias que paralizan
a otros sectores de la política nacional.
Incluso Axel Kicillof, en la misma elección,
reconoció la necesidad de ampliar fuerzas y convocar a espacios
extrapartidarios, un gesto que confirma que el peronismo tradicional ya no
alcanza por sí solo para dar respuestas. La pregunta de fondo es hacia dónde se
amplía: si hacia la repetición de viejas fórmulas o hacia una construcción que
entienda que el futuro se juega en las provincias, donde se produce la riqueza
y se define el desarrollo.
En contraste, los discursos del “anti Estado”
se muestran cada vez más pobres argumentativamente. Porque el superávit fiscal
es deseable, pero no a costa de expulsar a la gente del sistema. El verdadero
desafío es generar crecimiento con la gente adentro, potenciando la capacidad
productiva de nuestras regiones y dándole valor a la palabra “federalismo”. De
lo contrario, lo único que queda es ajuste sin horizonte, motosierra sin construcción.
Por eso, la llamada “ancha vereda del medio” no
debe confundirse con tibieza o indefinición.
Hoy es, en realidad, el Partido de la Sensatez:
el que entiende que la Argentina necesita dejar de pensarse desde el
centralismo porteño y empezar a escucharse desde sus raíces productivas. Un
espacio que, como encarna el liderazgo de Martín Llaryora y el camino de las
Provincias Unidas, no se conforma con gritar más fuerte, sino con demostrar que
otro modo de gobernar es posible: con equilibrio, con desarrollo y con la
convicción de que el interior no es la periferia, sino el corazón que hace
latir a la Nación.









